Crónica: ¿ Guerrilla?

Hector Escandell.- Eran las nueve de la noche –quizás más tarde- y navegábamos por el río Orinoco, en un bongo cargado con alimentos, agua y combustible. Nuestro destino era San Fernando de Atabapo. Durante el día, el pequeño motor Yamaha de apenas 65 caballos de fuerza hizo de “tripas corazón” para remontar los raudales y la fuerza de uno de los ríos más turbios del planeta.

Zarpamos del Puerto de Samariapo pasada la una de la tarde. En la embarcación íbamos los promotores culturales de la gobernación y los integrantes del Sistema de Orquestas Juvenil e Infantil de Amazonas. Con música y mucho relajo pasaron las primeras horas de travesía, pero ya en la noche el silencio era ensordecedor. Se escuchaban el rumor del agua, los grillos y una que otra ave desvelada.

De la nada, apareció un yate potente, con un foco de luz que nos deslumbró a todos. Giró varias veces alrededor de nuestro bongo. Un hombre, con arma en mano, levantó la voz:

-Buenas noches, compañeros. Somos sus hermanos de lucha. No somos piratas. No se asusten. Esto es solo una visita de cortesía. ¿Hacia dónde se dirigen?, preguntó aquel señor vestido con uniforme militar sin ninguna insignia que lo identificara.

-Buenas noches, vamos pa’ Atabapo- dijo el motorista. Un hombre indígena que vestía camiseta de huequitos y un pantalón desgastado.

-Por favor, serían tan amables de colaborar con nuestra causa. Les paso los sacos y estas pimpinas para que nos dejen comida y gasolina.

Todos nos mirábamos desconcertados –asustados-. El ayudante del motorista metió la manguera en la pimpina y sacó unos cuantos litros de combustible a punta de jalones. La comida la guardó una señora que era la encargada del viaje.

-Estas armas son para liberar al pueblo. No somos terroristas, somos hombres y mujeres del pueblo. ¡Viva Colombia!

– ¡Viva!, respondieron los otros siete hombres encapuchados que acompañaban la “visita de cortesía”.

El yate arrancó a todo dar. En segundos se perdió en la oscuridad. Nosotros quedamos en silencio. Asustados. No se habló más del tema.

¿HAY GUERRILLA EN VENEZUELA?

Por estos días se discute a rabiar. La pregunta invoca a los especialistas y a los osados. Recuerdo aquel episodio cada tantas. Tendría unos 17 años y estaba en sexto año de la técnica. Estudiaba Turismo y ese viaje era parte de mis pasantías. Si me preguntan a mí, creo que eran guerrilleros. De las FARC o del ELN, no sé, pero eran guerrilleros.

Esta última semana se habla de “grupos irregulares”. ¿Qué es un grupo irregular?, ¿quién entra en esta categoría? Lo cierto del asunto es que de esos hay. En 1993, ocurrió la masacre de Haximu, conocida como la masacre de los Yanomami. Ocurrió en la frontera con Brasil, pero en territorio venezolano. ¿Quién mató a esa gente? También los llamaron “grupos irregulares”.

En el año 2016, el ex gobernador de Amazonas, Liborio Guarulla, denunció ante la Asamblea Nacional que la guerrilla estaba en nuestra selva. Advirtió la presencia de unos cuatro mil hombres armados. Los relacionó con actividades mineras y de narcotráfico. Hubo escasos titulares de prensa y muy poca –o ninguna- respuesta del Estado.

Ahora que escribo sobre este tema, los dedos me tiemblan en el teclado. La piel se me pone de gallina. Soy un llorón. Aquella noche de marzo lloré el resto del camino. Me acosté en el planchón de la proa y con la punta de los dedos tocaba la oscura agua del río Atabapo. Se me vino a la mente –una y otra vez- la cara de aquel guerrillero, la metralleta apuntando nuestro barco y su retahíla de consignas.

El domingo 4 de noviembre mataron a tres Guardias Nacionales en Puerto Ayacucho. Según el ministro de la Defensa fueron –otra vez- “grupos irregulares”. Otros diez militares fueron heridos con balas y esquirlas de granadas. En esta oportunidad agarraron a un hombre. Su foto le dio la vuelta al mundo en minutos. Su cara es la de Luis Felipe Ortega Bernal, alias “garganta”, así lo reconocen en Colombia. Aunque el Gobierno venezolano no lo ha presentado como un guerrillero, para las autoridades colombianas es uno de los líderes indiscutibles del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y así lo buscan.

En el departamento de Arauca lo acusan de ser el autor de atentados contra la infraestructura petrolera, de ataques contra la policía. También lo señalan por homicidio y secuestro.

“Garganta” operaba en la comunidad indígena de Picatonal, en el eje carretero norte de Puerto Ayacucho. Apenas a 15 minutos de la ciudad. ¿Cuántos más estaban con él?, ¿hay células guerrilleras instaladas en pleno corazón de nuestras ciudades?, lo cierto de este caso es que la vulnerabilidad de las poblaciones fronterizas es cada vez mayor.

En Bolívar, llueven denuncias sobre presencia de guerrilleros en las minas del sur. En Zulia, los señalan por cobrar vacuna a los ganaderos; y, en Táchira, de estar aliados con grupos paramilitares que hacen de las suyas en la basta frontera con el Norte de Santander.

La presencia de “grupos irregulares” es evidente. Ahora, que sean guerrilleros o paramilitares es lo de menos. Parecen ser lo mismo, para la gente significan violencia. Muerte.

En las noches de esta última semana rezo por ellos antes de dormir, por los que están expuestos. Cuando cierro los ojos se me vuelve a cruzar la imagen de aquel tipo que nos hizo una “visita de cortesía” en medio del río Orinoco. He vuelto a sentir el miedo que me paralizó una vez, en el año 2005. Pienso en los más vulnerables de las comunidades indígenas de Amazonas, de Bolívar y de Zulia. Pienso en los campesinos de Apure. Rezo por ellos. Esta semana volví a llorar.

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